APUNTES 2009
Diccionario de la Real Academia de la Lengua
libro. (Del lat. liber. libri.) m. Conjunto de muchas hojas de papel, vitela, etc., ordinariamente impresas, que se han cosido o encuadernado juntas con cubierta de papel, cartón, pergamino u otra piel. etc., y que forman un volumen. 2. Obra científica o literaria de bastante extensión para formar volumen. 3. Cada una de ciertas partes principales en que suelen dividirse las obras científicas o literarias, y los códigos y leyes de gran extensión. 4. libreto. 5. fig. Contribución o impuesto. No he pagado los LIBROS; andan cobrando los LIBROS. 6. Der. Para los efectos legales, en España, todo impreso no periódico que contiene 49 páginas o más, excluidas las cubiertas. 7. Zool. Tercera de las cuatro cavidades en que se divide el estómago de los rumiantes. amarillo, azul, blanco, rojo, etc. libro que contiene documentos diplomáticos y que publican en determinados casos los gobiernos, para información de los órganos legislativos o de la opinión pública. antifonal, o antifonario. El de coro en que se contienen las antífonas do todo el año. blanco. V. libro amarillo. borrador. borrador en el que los comerciantes hacen sus apuntes. copiador. El que en las casas de comercio sirve para copiar en él la correspondencia. de acuerdo. Der. libro en que se hacen constar las resoluciones que adopta un tribunal sobre los objetos de aplicación general u otros que no sean la sustanciación, vista y fallo de los pleitos y causas. de acuerdos. El que recoge las resoluciones que se toman en las sesiones del ayuntamiento o de otras corporaciones. de asiento. El que sirve para anotar o escribir lo que importa tener presente. de becerro. becerro, libro de las iglesias y comunidades. de caballerías. Especie de novela en que se cuentan las hazañas y hechos fabulosos de caballeros aventureros o andantes. de cabecera. El que se tiene a la cabecera de la cama para frecuentar su lectura. 2. Por ext., cualquier libro por el que se manifiesta extraordinaria preferencia. de caja. El que tienen los hombres de negocios y comerciantes para anotar la entrada y salida del dinero. de coro. libro grande, cuyas hojas regularmente son de pergamino, en que están escritos los salmos, antífonas, etc., que se cantan en el coro, con sus notas musicales. de cuentas ajustadas. Prontuario de contabilidad elemental, dispuesto en diversidad de tablas de uso fácil. de escolaridad. El que recoge las calificaciones obtenidas por el alumno en cada curso. de familia. Aquel en que constan los datos de una familia referentes al estado civil de los esposos y al nacimiento de los hijos. de fondo. Hablando de los libros que tiene de venta un librero, cada uno de los que ha impreso por su cuenta, o cuya propiedad ha adquirido en gran número, a distinción de los de surtido. de horas. libro en que se contienen las horas canónicas. de inventarios. Com. Aquel en que periódicamente se han de hacer constar todos los bienes y derechos del activo y todas las deudas y obligaciones del pasivo de cada comerciante, persona natural o jurídica, y balance general de su giro. del acuerdo. libro de acuerdo. de las cuarenta hojas. fig. y fam. Baraja de naipes. de la vida. fig. Teol. Conocimiento de Dios relativo a los elegidos, en el cual se consideran como inscritos los predestinados a la gloria, ya de una manera irrevocable por estar ordenados a ella como fin, o de modo revocable por estar ordenados a ella por la gracia. de lo salvado. libro en que se sentaban y registraban las mercedes, gracias y concesiones que hacían los reyes. de mano. El que está manuscrito. de memoria. El que sirve para apuntar en él lo que no se quiere fiar a la memoria. de misa. libro con que los fieles van siguiendo el texto y orden de la misa. de música. El que tiene escritas las notas para tocar y cantar las composiciones musicales. de oro. El que contenía el registro de la nobleza veneciana. de surtido. Cada uno de los que reciben los libreros para venderlos por comisión. de texto. El que sirve en las aulas para que estudien por el los escolares. diario. Com. Aquel en que se van asentando día por día y por su orden todas las operaciones del comerciante relativas a su giro o tráfico. entonatorio. El que sirve para entonar en el coro. maestro. libro principal en que se anotan y registran las noticias pertenecientes al gobierno económico de una casa. 2. Mil. El que contiene las filiaciones y también las partidas que recibe el soldado, y se confrontan con las libretas. mayor. libro maestro. 2. Com. Aquel en que, por debe y haber, ha de llevar el comerciante, sujetándose a riguroso orden de fechas, las cuentas corrientes con las personas u objetos bajo cuyos nombres estén abiertas. moral. Cada uno de los cinco libros de la Sagrada Escritura denominados en particular los Proverbios, el Eclesiastés, el Cantar de los Cantares, la Sabiduría y el Eclesiástico, que abundan en máximas sabias y edificantes. Ú. m. en pl. penador. En algunos pueblos, el que tiene la justicia para sentar las penas a que condena a los que rompen con el ganado los cotos y límites de las heredades y sitios vedados. procesionario. El que se lleva en las procesiones, y donde están las preces y oraciones que se deben cantar. ritual. El que enseña el orden de las sagradas ceremonias y administración de los sacramentos. rojo. V. libro amarillo. sagrado. Cada uno de los de la Sagrada Escritura recibidos por la Iglesia. Ú. m. en pl. sapiencial. libro moral. Ú. m. en pl. talonario. El que solo contiene libranzas, recibos, cédulas, billetes u otros documentos, de los cuales, cuando se cortan, queda una parte encuadernada para comprobar su legitimidad o falsedad y para otros varios efectos. verde. fig. y fam. libro o cuaderno en que se escriben noticias particulares y curiosas de algunos países y personas, y en especial de los linajes, y de lo que tienen de bueno o de malo. 2. fig. y fam. Persona dedicada a semejantes averiguaciones. gran libro. El que llevan las oficinas de la deuda pública para anotar las inscripciones nominativas de las rentas perpetuas a cargo del Estado, pertenecientes a comunidades, corporaciones, instituciones o personas particulares. ahorcar, o colgar, los libros, fr. fig. y fam. Abandonar los estudios. cantar a libro abierto, fr. fig. Cantar de repente una composición musical. hablar como un libro. fr. fig. Hablar con corrección, elegancia y autoridad. Ú. t. con ironía. hacer uno libro nuevo, fr. fig. y fam. Empezar a corregir sus vicios con una vida arreglada. 2. fig. y fam. Introducir novedades. meterse uno en libros de caballerías. fr. fig. Mezclarse en lo que no le importa o donde no le llaman. no estar una cosa en los libros de uno. fr. fig. y fam. Serle extraña una materia, o ser ajena a su manera de pensar. no haber necesidad de, o no ser menester, abrir ni cerrar ningún libro para una cosa. fr. fig. y fam. No requerir esta, por ser muy clara, sencilla o fácil, meditación ni estudio. quemar uno sus libros. fr. fig. que se usa para esforzar la propia opinión o contrariar la ajena.
Refranero General Ideológico Español.
LIBROS.
36.571. Acá os hallo, amor querido, en el mi libro. —C.
36.572. El mejor amigo, un libro. —R. M.
36.573. Los libros son maestros que no riñen y amigos que no piden. —R. M.
36.574. Más vale un libro que un amigo: el amigo podrá engañarte; el libro sabrá desengañarte. —R. M.
36.575. Un libro y un amigo: el amigo para ti y el libro para mí. — R. M.
36.576. ¿Quéjaste de que te abandonaron tus amigos? Compra libros: ellos te consolarán, te instruirán, nada te pedirán, y no se te irán. —R. M.
36.577. Los libros reprenden sin empacho. —R. M.
36.578. De los libros se cogen las flores y los frutos mejores. —R. M.
36.579. De todo inútil afán los libros te librarán. —R. M.
36.580. Si libros y plantas tienes, ¿qué más quieres? —R. M.
36.581. Con los libros que escribieron, nos abren los ojos los que murieron. —R. M.
36.582. Con sus libros, los muertos les abren los ojos a los vivos. —R. M.
36.583. Con sus libros, hablan los que fueron a los que son.
36.584. No hay tales consejeros como los muertos. —R. M.*
36.585. Cuando viajes, lleva un par de libros buenos en tu equipaje. —R. M.
36.586. En su estante metido, el libro está dormido; pero en buenas manos abierto, ¡qué despierto! —R. M.
36.587. Mientras no es preguntado, el libro está callado. —R. M.
36.588. ¡Qué bien el libro habla, siendo cosa tan callada! —R. M.
36.589. Libro cerrado no saca letrado. —N. —C.
36.590. Libro cerrado, maestro callado. —R. M.
36.591. Libro cerrado, aletargado; libro abierto, muy despierto. —R. M.
36.592. Ni el libro cerrado da sabiduría, ni el título por sí solo da maestría. —R. M.
36.593. Por los libros suben los hombres de porqueros a obispos. —R. M.
36.594. Libros, caminos y días dan sabiduría. —R. M.
36.595. Libros, días y ollas hacen sabias las chollas. —R. M.
36.596. Libros y años hacen al hombre sabio. —R. M.
36.597. Los libros te enseñarán, y no te avergonzarán. —R. M.
36.598. Más vale un libro y un estudioso que cien libros solos. —R. M.
36.599. Los libros, ¡cuánto enseñan!; pero el oro, ¡cuánto alegra! —R. M.
36.600. Los libros hacen muchos sabios; pero pocos ricos. —R. M.
36.601. Si quieres ser rico, no te des mucho a los libros. —R. M.
36.602. Por el libro en que lee, puede al hombre conocerse. —R. M.
36.603. Si a tu vecino quieres conocer, averigua qué libros suele leer. —R. M.
36.604. Mucho más trabajo cuesta hacer un libro que hacer diez hijos. —R. M.
36.605. Mientras menos hojas tiene er libro, más pronto se encuentra er capítulo. —R. M.*
36.606. Libros y mujeres, mal se avienen. —R. M.
36.607. Los libros del marido, por la mujer son aborrecidos. —R. M.
LIBROS BUENOS.
36.608. Un libro bueno no tiene precio. —R. M.
36.609. Un buen libro es un tesoro; cada hoja, un pan de oro. —R. M.
36.610. El buen libro, de las penas es alivio. —R. M.
36.611. Libro bueno, huerto ameno. —R. M.
30.612. Un libro bueno, miel tiene en su seno. — R .M.
36.613. Un buen libro y un entendido lector, tal para cual son los dos. —R. M.
36.614. Libros buenos, los que, enseñando, son amenos. —R. M.
36.615. Libro bueno, no es para necios. —R. M.*
36.616. Diez libros buenos, diez excelentes amigos y compañeros. —R. M.
36.617. La falta de buenos amigos no te apene; ¿buenos libros no tienes? —R. M.
36.618. Quien tiene un buen libro, tiene un buen amigo. —R. M.
36.619. Quien un buen libro tiene al lado, no está solo, sino bien acompañado. —R. M.
36.620. Libro en que mi padre leyó, en ése quiero leer yo. —R. M.
El libro antiguo.
36.621. Libros, amigos y vino, antiguos. —R. M.
LIBROS MALOS.
36.622. El libro malo es ganzúa del diablo. —R. M.
36.623. No hay peor regalo que el de un libro malo. —R. M.
36.624. Si recibes algún libelo, dalo a leer al ojo moreno. —R. M.
36.625. Libro que pensar no hace, no me place. —R. M.
36.626. Libro que pensar no hace, poco vale. —R. M.
36.627. El libro malo anda en muchas manos. —R. M.
36.628. Libros y sujetos, por malos que sean, tienen algo bueno. —R. M.
LIBROS BUENOS Y MALOS.
36.629. Un libro, según sea malo o bueno, es triaca o es veneno. —R. M.
36.630. Miel contiene el libro bueno, y el malo, veneno.—R. M.
36.631. El libro bueno, de flores y frutos está lleno; el malo, es manjar emponzoñado. —R. M.
36.632. El libro malo, ensucia las almas; el libro bueno, las pule y acicala. —R. M.
36.633. Libro cuya lectura no te mejore, quizá te empeore. —R. M.
36.634. El libro bueno es para pocos, y el malo, para todos. —R. M.
36.635. El libro bueno se vende despacio, y aprisa el malo. —R. M.
LIBROS PRESTADOS.
36.636. Libro prestado, libro perdido. —R. M.
36.637. Libro prestado, o perdido o estropeado. —R. M.
36.638. Libro prestado, o roto o manchado. —R. M.
36.639. Libro que sale de tu casa, de perderse lleva trazas. —R. M.
36.640. Antes que verme prestado, quisiera verme quemado. —R. M.
36.641. De mi amo soy: ni me presto, ni me vendo, ni me doy. —R. M.
36.642. Aunque tuyo era el libro, si me lo dejaste leer ya es mío. —R. M.
Me lo aprendí.
36.643. Más mío es que tuyo el libro que me prestaste: yo lo leí; tú ni lo hojeaste. —R. M.
36.644. Es más fácil quedarse con un libro que con su contenido. —R. M.
36.645. Con pocos libros, y ésos, prestados, se hicieron doctos mitrados; con muchos libros propios, otros no pasan de ser unos bolos. —R. M.
BIBLIÓFILOS.
36.646. Dice el buen libro en el estante: "Este hombre que aquí me tiene, ¿cómo a buscarme no viene? —R. M.
36.647. Libro en el estante y guitarra en el rincón no hacen ningún son. —R. M.
36.648. Muchos tienen guitarra y no saben tocarla; y muchos tienen libros sólo para lucirlos. —R. M.
36.649. Ni todos los que tienen libros son lectores, ni todos los que tienen escopeta cazadores. —R. M.
36.650. ¿Para qué tanta librería quien tiene la sesera vacía? —R. M
36.651. Librería muy arreglada, librería poco usada. —R. M.
36.652. La mejor librería, la que del dueño no esté vacía. —R. M.
36.653. Libro que no has de leer, ¿por qué lo quieres tener? —R. M.
36.654. Libro de lujo, libro sin uso. —R. M.
36.655. Textos sin testa, pedantería manifiesta. —R M.
36.656. Tonto con libros, tonto y medio. —R. M.36.657. Tonto de libros cargado, mozo de cuerda, y no licenciado. —R. M.
El Poder de la Imaginación.
En una fábula de Esopo, "El Lobo y el Perro", el lobo hambriento y desanimado después de un día de caza sin éxito, tropieza con un perro de buena vida y salud. El lobo le pregunta al perro qué hace para ganarse la comida. "Muy poco" contesta el perro, "Sólo tengo que proteger la casa y la familia de mi amo y obedecer sus peticiones". El lobo se lo piensa mucho, porque casi cada día se juega la vida, sin ninguna garantía de éxito, en busca de su comida. El lobo tentado por adoptar el modo de vida del perro, se fija de repente en el cuello del perro donde no tiene pelo. El lobo le pregunta qué es lo que le ha causado esa aflicción y el perro contesta, "Sólo es el lugar donde me abrasa el collar y la cadena". El lobo se para en seco y exclama, "¿Tu cadena, quieres decir que no eres libre de ir y venir a tu manera?” "No" responde el perro, "¿Pero qué importa?” "Importa mucho" respondió el lobo mientras se volvía hacia el bosque, "Importa mucho".
…
En este momento de la Historia, el artista y las personas creativas, son los guardianes de la Imaginación, manteniendo la llama de la Creatividad viva para la humanidad. Sin esta llama realmente estaríamos viviendo en una edad oscura. No queda tiempo para jugar a ser creativo mientras permanecemos obsesionados por lo trivial de nuestras pequeñas vidas. No hay espacio para el cinismo y la fascinación mórbida de nuestras perversiones y enfermedades. Hay demasiado verdadero sufrimiento en el mundo para que los artistas jueguen a sufrir con tal de chocar y repeler. Hay demasiados niños de verdad que nos reclaman atención y nos piden ayuda. Si estamos conmovidos por una obra de arte para sentir algo de nuestras propias emociones, si podemos reencontrar nuestros sueños, nuestras necesidades, nuestras creencias e ideales, sentirnos tocados en el corazón, entonces el artista habrá tenido éxito en hacer de este mundo un lugar menos violento. Pero aunque estas obras de arte no las veamos nunca, existirán aún en nuestra inconsciencia colectiva y nos curarán, nutrirán y nos reconectarán a nuestros ricos sueños significantes. Sin el artista, sin el trabajo de personas creativas, la llama de la Imaginación se morirá y la luz se apagará y el mundo se sumergirá en la edad más oscura de todas las edades. Entonces, sentiremos verdadero miedo.
Denys Blacker 2008
La muralla y los libros.
He, whose long wall the wand´ring
Tartar bounds…
DUNCIAD,II,76.
Leí, días pasados, que el hombre que ordenó la edificación de la casi infinita muralla china fue aquel primer emperador, Shih Huang Ti, que asimismo dispuso que se quemaran todos los libros anteriores a él. Que las dos vastas operaciones —las quinientas a seiscientas leguas de piedra opuestas a los bárbaros, la rigurosa abolición de la historia, es decir del pasado— procedieran de una persona y fueran de algún modo sus atributos, inexplicablemente me satisfizo y, a la vez, me inquietó. Indagar las razones de esa emoción es el fin de esta nota.
Históricamente, no hay misterio en las dos medidas. Contemporáneo de las guerras de Aníbal, Shih Huang Ti, rey de Tsin, redujo a su poder los Seis Reinos y borró el sistema feudal; erigió la muralla, porque las murallas eran defensas; quemó los libros, porque la oposición los invocaba para alabar a los antiguos emperadores. Quemar libros y erigir fortificaciones es tarea común de los príncipes; lo único singular en Shih Huang Ti fue la escala en que obró. Así lo dejan entender algunos sinólogos, pero yo siento que los hechos que he referido son algo más que una exageración o una hipérbole de disposiciones triviales. Cercar un huerto o un jardín es común; no, cercar un imperio. Tampoco es baladí pretender que la más tradicional de las razas renuncie a la memoria de su pasado, mítico o verdadero. Tres mil años de cronología tenían los chinos (y en esos años, el Emperador Amarillo y Chuang Tzu y Confucio y Lao Tzu), cuando Shih Huang Ti ordenó que la historia empezara con él.
Shih Huang Ti había desterrado a su madre por libertina; en su dura justicia, los ortodoxos no vieron otra cosa que una impiedad; Shih Huang Ti, tal vez, quiso borrar los libros canónicos porque éstos lo acusaban; Shih Huang Ti, tal vez, quiso abolir todo el pasado para abolir un solo recuerdo: la infamia de su madre. (No de otra suerte un rey, en judea, hizo matar a todos los niños para matar a uno.) Esta conjetura es atendible, pero nada nos dice de la muralla, de la segunda cara del mito. Shih Huang Ti, según los historiadores, prohibió que se mencionara la muerte y buscó el elixir de la inmortalidad y se recluyó en un palacio figurativo, que constaba de tantas habitaciones como hay días en el año; estos datos sugieren que la muralla en el espacio y el incendio en el tiempo fueron barreras mágicas destinadas a detener la muerte. Todas las cosas quieren persistir en su ser, ha escrito Baruch Spi-noza; quizá el Emperador y sus magos creyeron que la inmortalidad es intrínseca y que la corrupción no puede entrar en un orbe cerrado. Quizá el Emperador quiso recrear el principio del tiempo y se llamó Primero, para ser realmente primero, y se llamó Huang Ti, para ser de algún modo Huang Ti, el legendario emperador que inventó la escritura y la brújula. Éste, según el Libro de los Ritos, dio su nombre verdadero a las cosas; parejamente Shih Huang Ti se jactó, en inscripciones que perduran, de que todas las cosas, bajo su imperio, tuvieran el nombre que les conviene. Soñó fundar una dinastía inmortal; ordenó que sus herederos se llamaran Segundo Emperador, Tercer Emperador, Cuarto Emperador, y así hasta lo infinito... He hablado de un propósito mágico; también cabría suponer que erigir la muralla y quemar los libros no fueron actos simultáneos. Esto (según el orden que eligiéramos) nos daría la imagen de un rey que empezó por destruir y luego se resignó a conservar, o la de un rey desengañado que destruyó lo que antes defendía. Ambas conjeturas son dramáticas» pero carecen, que yo sepa, de base histórica. Herbert Alien Giles cuenta que quienes ocultaron libros fueron marcados con un hierro candente y condenados a construir, hasta el día de su muerte, la desaforada muralla. Esta noticia favorece o tolera otra interpretación. Acaso la muralla fue una metáfora, acaso Shih Huang Ti condenó a quienes adoraban el pasado a una obra tan vasta como el pasado, tan torpe y tan inútil. Acaso la muralla fue un desafío y Shih Huang Ti pensó: «Los hombres aman el pasado y contra ese amor nada puedo, ni pueden mis verdugos, pero alguna vez habrá un hombre que sienta como yo, y ése destruirá mi muralla, como yo he destruido los libros, y ése borrará mi memoria y será mi sombra y mi espejo y no lo sabrá». Acaso Shih Huang Ti amuralló el imperio porque sabía que éste era deleznable y destruyó los libros por entender que eran libros sagrados, o sea libros que enseñan lo que enseña el universo entero o la conciencia de cada hombre. Acaso el incendio de las bibliotecas y la edificación de la muralla son operaciones que de un modo secreto se anulan. La muralla tenaz que en este momento, y en todos, proyecta sobre tierras que no veré, su sistema de sombras, es la sombra de un César que ordenó que la más reverente de las naciones quemara su pasado; es verosímil que la idea nos toque de por sí, fuera de las conjeturas que permite. (Su virtud puede estar en la oposición de construir y destruir, en enorme escala.) Generalizando el caso anterior, podríamos inferir que todas las formas tienen su virtud en sí mismas y no en un «contenido» conjetural. Esto concordaría con la tesis de Benedetto Croce; ya Pater, en 1877, afirmó que todas las artes aspiran a la condición de la música, que no es otra cosa que forma. La música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético.
Buenos Aires. 1950
Del libro: “Otras inquisiciones”. Jorge Luis Borges
Del culto de los libros.
En el octavo libro de la Odisea se lee que los dioses tejen desdichas para que a las futuras generaciones no les falte algo que cantar; la declaración de Mallarmé: El mundo existe para llegar a un libro, parece repetir, unos treinta siglos después, el mismo concepto de una justificación estética de los males. Las dos teleologías, sin embargo, no coinciden íntegramente; la del griego corresponde a la época de la palabra oral, y la del francés, a una época de la palabra escrita. En una se habla de cantar y en otra de libros. Un libro, cualquier libro es para nosotros un objeto sagrado; ya Cervantes, que tal vez no escuchaba todo lo que decía la gente, leía hasta «los papeles rotos de las calles». El fuego, en una de las comedias de Bernard Shaw, amenaza la biblioteca de Alejandría; alguien exclama que arderá la memoria de la humanidad, y César le dice: Déjala arder. Es una memoria de infamias. El César histórico, en mi opinión, aprobaría o condenaría el dictamen que el autor le atribuye, pero no lo juzgaría, como nosotros, una broma sacrílega. La razón es clara: para los antiguos la palabra escrita no era otra cosa que un sucedáneo de la palabra oral.
Es fama que Pitágoras no escribió; Gomperz (Griechische Denker, I, 3) defiende que obró así por tener más fe en la virtud de la instrucción hablada. De mayor fuerza que la mera abstención de Pitágoras es el testimonio inequívoco de Platón. Éste, en el Timeo, afirmó: «Es dura tarea descubrir al hacedor y padre de este universo, y, una vez descubierto, es imposible declararlo a todos los hombres», y en el Fedro narró una fábula egipcia contra la escritura (cuyo hábito hace que la gente descuide el ejercicio de la memoria y dependa de símbolos), y dijo que los libros son como las figuras pintadas, «que parecen vivas, pero no contestan una palabra a las preguntas que les hacen». Para atenuar o eliminar este inconveniente imaginó el diálogo filosófico. El maestro elige al discípulo, pero el libro no elige a sus lectores, que pueden ser malvados o estúpidos; este recelo platónico perdura en las palabras de Clemente de Alejandría, hombre de cultura pagana: «Lo más prudente es no escribir sino aprender y enseñar de viva voz, porque lo escrito queda» (Stromateis), y en éstas del mismo tratado: «Escribir en un libro todas las cosas es dejar una espada en manos de un niño», que derivan también de las evangélicas: «No deis lo santo a los perros ni echéis vuestras perlas delante de los puercos, porque no las huellen con los pies, y vuelvan y os despedacen». Esta sentencia es de Jesús, el mayor de los maestros orales, que una sola vez escribió unas palabras en la tierra y no las leyó ningún hombre (Juan,8:6).
Clemente Alejandrino escribió su recelo de la escritura a fines del siglo II; a fines del siglo IV se inició el proceso mental que, a la vuelta de muchas generaciones, culminaría en el predominio de la palabra escrita sobre la hablada, de la pluma sobre la voz. Un admirable azar ha querido que un escritor fijara el instante (apenas exagero al llamarlo instante) en que tuvo principio el vasto proceso. Cuenta San Agustín, en el libro seis de las Confesiones: «Cuando Ambrosio leía, pasaba la vista sobre las páginas penetrando su alma, en el sentido, sin proferir una palabra ni mover la lengua. Muchas veces —pues a nadie se le prohibía entrar, ni había costumbre de avisarle quién venía—, lo vimos leer calladamente y nunca de otro modo, y al cabo de un tiempo nos íbamos, conjeturando que aquel breve intervalo que se le concedía para reparar su espíritu, libre del tumulto de los negocios ajenos, no quería que se lo ocupasen en otra cosa» tal vez receloso de que un oyente, atento a las dificultades del texto, le pidiera la explicación de un pasaje oscuro o quisiera discutirlo con él, con lo que no pudiera leer tantos volúmenes como deseaba. Yo entiendo que leía de ese modo por conservar la voz, que se le tomaba con facilidad. En todo caso, cualquiera que fuese el propósito de tal hombre, ciertamente era bueno.» San Agustín fue discípulo de San Ambrosio, obispo de Milán, hacia el año 384; trece años después, en Numidia, redactó sus Confesiones y aún lo inquietaba aquel singular espectáculo: un hombre en una habitación, con un libro, leyendo sin articular las palabras (1).
Aquel hombre pasaba directamente del signo de escritura a la intuición, omitiendo el signo sonoro; el extraño arte que iniciaba, el arte de leer en voz baja, conduciría a consecuencias maravillosas. Conduciría, cumplidos muchos años, al concepto del libro como fin, no como instrumento de un fin. (Este concepto místico, trasladado a la literatura profana, daría los singulares destinos de Flaubert y de Mallarmé, de Henry James y de James Joyce.) A la noción de un Dios que habla con los hombres para ordenarles algo o prohibirles algo, se superpone la del Libro Absoluto, la de una Escritura Sagrada. Para los musulmanes, el Alcorán (también llamado El Libro, Al Kitab) no es una mera obra de Dios, como las almas de los hombres o el universo; es uno de los atributos de Dios como Su eternidad o Su ira. En el capítulo XIII, leemos que el texto original, La Madre del Libro, está depositado en el Cielo. Muhammad-al-Ghazali, el Algazel de los escolásticos, declaró: «El Alcorán se copia en un libro, se pronuncia con la lengua, se recuerda en el corazón y, sin embargo, sigue perdurando en el centro de Dios y no lo altera su pasaje por las hojas escritas y por los entendimientos humanos». George Sale observa que ese increado Alcorán no es otra cosa que su idea o arquetipo platónico; es verosímil que Algazel recurriera a los arquetipos, comunicados al Islam por la Enciclopedia de los Hermanos de la Pureza y por Avicena, para justificar la noción de la Madre del Libro.
Aun más extravagantes que los musulmanes fueron los judíos. En el primer capítulo de su Biblia se halla la sentencia famosa: «Y Dios dijo: sea la luz, y fue la luz»; los cabalistas razonaron que la virtud de esa orden del Señor procedió de las letras de las palabras. El tratado Sefer Yetsirah (Libro de la Formación), redactado en Siria o en Palestina hacia el siglo VI, revela que Jehová de los Ejércitos, Dios de Israel y Dios Todopoderoso, creó el universo mediante los números cardinales que van del uno al diez y las veintidós letras del alfabeto. Que los números sean instrumentos o elementos de la Creación es dogma de Pitágoras y de Jámblico; que las letras lo sean es claro indicio del nuevo culto de la escritura. El segundo párrafo del segundo capítulo reza: «Veintidós letras fundamentales: Dios las dibujó, las grabó, las combinó, las pesó, las permutó, y con ellas produjo todo lo que es y todo lo que será». Luego se revela qué letra tiene poder sobre el aire, y cuál sobre el agua, y cuál sobre el fuego, y cuál sobre la sabiduría, y cuál sobre la paz y cuál sobre la gracia, y cuál sobre el sueño, y cuál sobre la cólera, y cómo (por ejemplo) la letra kaf, que tiene poder sobre la vida, sirvió para formar el sol en el mundo, el miércoles en el año y la oreja izquierda en el cuerpo.
Más lejos fueron los cristianos. El pensamiento de que la divinidad había escrito un libro los movió a imaginar que había escrito dos y que el otro era el universo. A principios del siglo XVII, Francis Bacon declaró en su Advancement of Learning que Dios nos ofrecía dos libros, para que no incidiéramos en error: el primero, el volumen de las Escrituras, que revela Su voluntad; el segundo, el volumen de las criaturas, que revela Su poderío y que éste era la llave de aquél. Bacon se proponía mucho más que hacer una metáfora; opinaba que el mundo era reducible a formas esenciales (temperaturas, densidades, pesos, colores), que integraban, en número limitado, un abecedarium naturae o serie de las letras con que se escribe el texto universal(2). Sir Thomas Browne, hacia 1642, confirmó: «Dos son los libros en que suelo aprender teología: La Sagrada Escritura y aquel universal y público manuscrito que está patente a todos los ojos. Quienes nunca Lo vieron en el primero, Lo descubrieron en el otro» (Religio Medici, I, 16). En el mismo párrafo se lee: «Todas las cosas son artificiales, porque la Naturaleza es el Arte de Dios». Doscientos años transcurrieron y el escocés Carlyle, en diversos lugares de su labor y particularmente en el ensayo sobre Cagliostro, superó la conjetura de Bacon; estampó que la historia universal es una Escritura Sagrada que desciframos y escribimos inciertamente, y en la que también nos escriben. Después, León Bloy escribió: «No hay en la tierra un ser humano capaz de declarar quién es. Nadie sabe qué ha venido a hacer a este mundo, a qué corresponden sus actos, sus sentimientos, sus ideas, ni cuál es su nombre verdadero, su imperecedero Nombre en el registro de la Luz... La historia es un inmenso texto litúrgico, donde las iotas y los puntos no valen menos que los versículos o capítulos íntegros, pero la importancia de unos y de otros es indeterminable y está profundamente escondida» (L'Âme de Napoleón, 1912). El mundo, según Mallarmé, existe para un libro; según Bloy, somos versículos o palabras o letras de un libro mágico, y ese libro incesante es la única cosa que hay en el mundo: es, mejor dicho, el mundo.
(1) Los comentadores advierten que, en aquel tiempo, era costumbre leer en voz alta, para penetrar mejor el sentido, porque no había signos de puntuación, ni siquiera división de palabras, y leer en común, para moderar o salvar los inconvenientes de la escasez de códices. El diálogo de Luciano de Samosata, Contra un ignorante comprador de libros, encierra un testimonio de esa costumbre en el siglo II.
(2)En las obras de Galileo abunda el concepto del universo como libro. La segunda sección de la antología de Favaro (Galileo Galilei: Pensieri, motti e sentenze, Firenze, 1949) se titula Il libro della Natura. Copio el siguiente párrafo: “La filosofía está escrita en aquel grandísimo libro que continuamente está abierto ante nuestros ojos (quiero decir, el universo), pero que no se entiende si antes no se estudia la lengua y se conocen los caracteres en que está escrito. La lengua de ese libro es matemática y los caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas.»
Buenos Aires. 1951
Del libro: “Otras inquisiciones”. Jorge Luis Borges